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viernes, 7 de marzo de 2014

La droga en el Antiguo Egipto 1ra Parte



La mandrágora hizo su aparición en Egipto durante el reinado, en solitario, de Tutmosis III. Con ella, se introdujeron una serie de animales y plantas exóticos llegados a Tebas como parte del botín de sus triunfales campañas guerreras en Siria, y debieron ser considerados trofeos importantes ya que el rey mandó representarlos en los relieves que adornan la ampliación que realizó en el templo de Karnak, y así fueron ofrecidos al dios Amon con una dedicatoria tan hermosa como esta “Año 25 del rey del Alto y Bajo Egipto Men-kheper-re, que viva para siempre. 

Plantas que Su Majestad ha encontrado en el País de Retenu... Todas las plantas extrañas, todas las flores que hay en la Tierra de los dioses, que fueron encontradas cuando Su Majestad fue al Alto Retenu para subyugar a todos los países, según el mandamiento de su padre Amon, que las puso bajo sus sandalias, desde este día y por millones de años..." (BLANCO FREIJEIRO, 1989 31-32). “Su Majestad hizo para él (el dios) un jardín con árboles agradables, para que se pudiesen ofrecer al dios plantas exóticas cada día”, y en otra inscripción, Tutmosis III recomienda a los sacerdotes encargados de su culto funerario “... (cuidad) los monumentos que he construido, poned vestidos de lino a mis estatuas; servidles frutos, porque he consagrado un nuevo jardín..." (PIJOÁN, 1932 258-259).
Posiblemente, el efecto alucinógeno de la mandrágora era conocido por los habitantes sometidos de la zona sirio-palestina y por ellos transmitido al ejército triunfador, dando a Tutmosis III la oportunidad de utilizarlos como potenciadores del ansiado trance místico, el cual, sirviéndose de sus propiedades narcóticas, llegara a considerar la planta como un puente psíquico entre el mundo tangible y el reino de Osiris, alcanzando momentos de alto misticismo en cultos muy determinados. Como quiera que se desarrollase el proceso, lo que sí sabemos es que Tutmosis III ofreció la mandrágora al dios Amon y también la reclamó como ofrenda para sí mismo por toda la Eternidad.
De entre las piezas procedentes del templo funerario de Tutmosis III (encontradas en 1964 y conservadas en el Museo de Luxor), la cabeza de estatua de granito fragmentada y un relieve policromado, nos muestran al rey vivo con las pupilas huidizas bajo el párpado superior, evidente prueba de midriasis que le delata como consumidor puntual del fruto alucinógeno.
Profundizando en el motivo que pudo llevar a aquella persona refinada a consumir unas bayas repelentes, además de peligrosas, encontramos la respuesta en el muro Este de la tumba de Sennedjem (TT nº 1), pintado unos 130 años después de la introducción de la mandrágora en Egipto.

F. VI
Plantas que componen el zócalo de la tumba de Sennedjem.


Siguiendo la decoración de arriba a abajo, en el registro inferior está la clave del tema que nos ocupa. En él, se pintó una hilera de once plantas, compuesta por tres variedades que se repiten siempre en el mismo orden. Empezando de izquierda a derecha, observamos mandrágora, aciano o azulejo (Centaurea depressa) y adormidera (Papaver somniferum), sobre las dos últimas trataremos más adelante.
Recordando que el color tuvo un significado simbólico muy importante en el Antiguo Egipto, revisemos los empleados en pintura del citado registro.
AMARILLO, bayas de mandrágora = el oro la carne de los dioses.
VERDE, tallos y hojas = renovación de la naturaleza el color de Osiris y de la Resurrección.
AZUL, flores de azulejo o aciano = el Nun el agua primigenia y vivificante.
ROJO, flores de adormidera = la fuerza el disco solar, el desierto.
El orden en la secuencia se corresponden exactamente con el empleado en las orlas de casetones rectangulares usadas por los egipcios desde el Imperio Antiguo (mastaba de Ti, Sakkara. 2500 a. C.). En el Imperio Nuevo, para enmarcar las escenas de relación de los hombres con los dioses y el Más Allá se usa el mismo patrón, siendo los colores los que sufren una modificacion se incluye el amarillo, representando el color del fruto de la mandrágora.
Por tanto, hay que considerar de alto significado místico el friso pintado en la tumba de Sennedjem y, por la similitud con la citada orla, una demostración de la verdadera simbología contenida en él, destinada a conseguir beneficios de carácter espiritual y ajena por completo a un capricho estético o a una representación paisajística.

F. VII
Cenefa ornamental de casetones.
El seguimiento de la manzanita narcótica, o el efecto midriático producido por su uso en las miradas, pone de manifiesto su curiosa y paulatina trayectoria descendente a las siguientes capas sociales.
Un somero repaso de las tumbas reales y privadas del Imperio Nuevo indica que, cuando la mandrágora entró en Egipto, su uso estuvo reservado a Menkheperre, ya que ni el dorado fruto ni sus efectos ópticos son visibles en ninguna tumba nobiliaria del periodo de Tutmosis III.
Con la llegada al trono de su hijo Amenofis II se rompe la exclusiva real, porque en la decoración de un pilar de la tumba privada de su alto funcionario, el alcalde de Tebas, Sennefer (TT nº 69b), las bayas tóxicas aparecen insertadas en el ramo que el titular sujeta en la mano. Puede que el motivo de una concesión tan especial fuera la amistad personal que unió, desde la infancia, a este hombre con el rey .
Durante los reinados de Tutmosis IV y Amenofis III se generaliza su uso entre la nobleza, con los ejemplos que vimos al principio (Nakht, Menna, Nebamon, etc.), sin que los reyes abandonen la costumbre, constancia que queda en los ojos de todas las tumbas reales o, como en el caso de Akhenaton, en los múltiples retratos que de él hay repartidos por varios museos del Mundo.

La midriasis real se mantiene en las dinastías XVIII y XIX, llegando hasta el final de la XX, como se puede comprobar en la tumba de Ramses IX. Podemos seguir la evolución del consumo de esta planta a través de las miradas excéntricas y, por citar algunos casos curiosos, volvemos a los hipogeos de Nebamon (panel con pinturas, nº 37976. British Museum) y Menna (escena de trilla de su tumba, TT nº 69), para encontrar la anomalía ocular en los bueyes, que también es patente en los ojos de las pinturas que representan a la reina Nefertari y a los dioses que la acompañan en su tumba (QV 66).


F. VIII
Midriasis de Nefertari.

Con las tumbas de Nefertari, Sennedjem y el templo de Seti I, en Abidos, entramos de lleno en la dinastía XIX, comprobando que ésta hereda los hábitos de la XVIII.
La decoración de los collares de los ataúdes pertenecientes a los sacerdotes tebanos Amenemhat (piezas 15.216-15.218. Museo Arqueológico Nacional de Madrid), Denytenamon (British Museum) y la diadema del féretro antropomorfo femenino, también descubierto en Tebas (pieza nº 52004. Museo de El Cairo), delata la presencia de bayas de mandrágora en los adornos funerarios de la dinastía XXI; el ataúd de Pasenhor (British Museum) indica que durante la dinastía XXII no se había abandonado la costumbre de incluir estos frutos en la extensa simbología recogida en los féretros.
Es más, saliendo del ámbito puramente egipcio, la influencia del estilo de la dinastía XXVI (664-525 a. C.) se refleja en las mandrágoras que forman parte del collar que adorna el torso masculino de una escultura de origen chipriota (Siglo VI a. C., pieza nº 2624. Museo Arqueológico Nacional de Madrid).
De época más reciente son los polémicos relieves esculpidos en las criptas del templo de Denderah , donde aparecen unas formas ovoides, conocidas vulgarmente por bombillas o berenjenas, de difícil identificación. La última definición, berenjenas, vuelve a sugerir la presencia de las solanáceas, pero no exactamente esta variedad alimenticia, sino más bien cualquiera de los ejemplares de alto contenido en alcaloides. La forma oval saliendo de un cáliz es común a diversas bayas de la misma familia, pero en el caso de Denderah, el fruto está interiormente recorrido por una serpiente, antiquísimo símbolo oriental de la Sabiduría heredado por las culturas clásicas bajo cuya influencia se decoró este templo, aludiendo al estado visionario producido por los alcaloides contenidos en la baya.
El resto de los elementos que aparecen asociados a las dos formas ovoides no son menos significativos, una de ellas se sustenta sobre el pilar djed, la estabilidad; la segunda está apoyada en un Heh, uno de los ocho dioses que sujetan el cielo coronado por el sol y, a la vez, los millones de años . A ambos símbolos de sustentación se suman sendos oferentes u orantes. El conjunto sugiere la representación de una escena transcendente, en la que los personajes que rezan con la cabeza en contacto con el fruto de la solanácea puedan estar en un trance místico provocado por ella y destinado a prolongar, por analogía, la estabilidad egipcia por tiempo ilimitado.
Hasta aquí, la utilización de la mandrágora parece ceñida a los ritos religiosos y funerarios, pero ateniéndonos a la consideración de que se trata de una droga de las denominadas actualmente duras, con la dependencia consiguiente que ellas crean, la sospecha de que su uso pudiera extenderse a otras actividades menos elevadas no parece gratuito. Mediante una visualización de objetos procedentes del Imperio Nuevo, considerados de uso habitual, pueden encontrase una serie de piezas variadas en cuya decoración intervienen frutos de mandrágora, de las que se citan algunas ya que una lista completa sería interminable
CUCHARILLAS PARA AFEITES
- Piezas nos 1747, 1708, 8025. Museo del Louvre.
- Pieza nº 42411, 37605 E. Museo de Brooklyn.
- Pieza nº 17337. Ägyptisches M. und Papyrussammlung.
- Pieza nº EA 5965. British Museum.
-ADORNOS CORPORALES
- Collares de fayenza, como el del ajuar funerario de Tutankhamon (pieza nº 53a del inventario de Carter. Museo de El Cairo), y otro procedente de Amarna (pieza nº 59334. British Museum).
- Collar pintado en el archifamoso busto de Nefertiti. (Museo de Berlín).
- Collar de Nefertari (representado en una pintura de su tumba. Valle de las Reinas, Luxor).
- Collar de oro (pieza nº 3074. British Museum).
- Anillo de Tutankhamon (pieza nº 623 60. Museo de El Cairo).
- Pectoral de Tutankhamon (pieza nº 61884. Museo de El Cairo).
MOBILIARIO (lámparas, cerámica y otros objetos)
- Ánforas menores de 35 cm, como la procedente del palacio de Malkata (pieza nº 11. 215.460. Metropolitan Museum) y otra decorada además con lotos y pétalos de adormidera (nº 882. Museo del Louvre).
- Dos pequeños botes de madera tallada (piezas nº 49.493 a, y b. Museo de Boston).
- Silla del arquitecto Kha (Museo de Turín).
- Ajuar de Tutankhamon una cama (nº 466); una caja de juego (nº 593); un cofre (nº 540); un fruto de mandrágora, realizado en cristal, con el cartucho de Tutmosis III (nº 585u); piezas de alabastro (nº 210 y 578), todos estos números pertenecen al inventario de la tumba de Tutankhamon hecho por Carter. Museo de El Cairo).
No terminamos aquí con el ajuar de Tutankhamon, ya que entre los objetos encontrados en su tumba, está la evidencia tangible de las bayas de mandrágora en varios cestos hallados sobre las jarras de vino guardadas en el anexo (CARTER, 1976 309), y en el collar vegetal que encontró Howard Carter sobre el tercer féretro del rey que, examinado por L. A. Boodle y la señora Clement Reid, resultó tener cosidos sobre el armazón, once frutos de esta planta cortados por la mitad (CARTER, 1976 334-335).
Aunque las alusiones al ajuar del joven rey nos lleven de nuevo al mundo funerario, hay que recordar que muchas de las piezas que lo componen pertenecieron a diversas épocas de su vida y el uso que hizo de ellas se manifiesta en el desgaste que presentan.
Queda por determinar de qué modo la utilizaron los antiguos egipcios para drogarse. En la actualidad se sabe que toda la planta es tóxica tanto por inhalación, ingestión como por contacto, y que sus efectos desaparecen al poco tiempo.
Si como cabe suponer, el collar vegetal de Tutankhamon, mencionado con anterioridad, es similar a los que usaron los participantes en los banquetes funerarios durante la dinastía XVIII, no hay duda de que los alcaloides contenidos en la mandrágora actuaban sobre aquellas personas a través de la piel.
Por las imágenes de las tumbas de Nakht (F. III) y Nebamon, donde las damas aspiran el aroma de las bayas maduras, sabemos que usaron el sistema de inhalación.
Una tercera forma de administración pudo ser la ingestión de las bayas.
Pero, hay un cuarto modo que también puede estar recogido en la iconografía la droga, en estado líquido.
Un tratado de botánica escrito en el Siglo I d. C., aclara que en la antigüedad sabían como, “el zumo y aroma de las bayas (de mandrágora) hace dormir y priva de los sentidos durante tres o cuatro horas... (ya que) afecta al cerebro.... De la corteza de la raíz verde, majada y prensada, se extrae un líquido que debe espesarse al sol, y luego se guarda en un vaso de arcilla cocida... y puede hacerse igual con el fruto, aunque es más flojo” (DIOSCÓRIDES 240). En el mismo tratado se aconseja secar las raíces colgadas para su conservación y posterior uso, como anestésico y somnífero, macerándolas en vino. Majar y exprimir bayas o raíces... Ya tenemos idea de un sencillo método de conseguir la droga en estado líquido.
Ahora estamos en mejores condiciones para entender algunas escenas pintadas en las tumbas nobiliarias del Imperio Nuevo, donde parece haber nuevos elementos asociados al uso ritual de la droga, aunque la falta de pruebas obligue a especular basándose en los indicios.
Entre las innovaciones iconográficas que se llevaron a cabo en la decoración de las tumbas privadas de la dinastía XVIII, hay algunas que bien pudieron estar en relación con el consumo de estupefacientes u otros agentes tóxicos. Por ejemplo, la introducción del banquete funerario y, dentro de él, la aparición de tres detalles que cada autor trata de explicar según su criterio
- Los tocados o conos funerarios, que muestran los participantes al ágape.
- Unos vertidos de líquidos en forma de ablución o escanciado en copas.
- Masajes o toques corporales, realizado por las criadas sobre la piel o adornos de las damas.
- TOCADOS O CONOS FUNERARIOS.
No siempre representados de igual tamaño, color y forma, aparecieron en el Imperio Nuevo y se usaron hasta épocas muy posteriores.
En las tumbas rupestres de El Kab, del principio de la dinastía XVIII (1550-1554 a. C.), son rojos y tienen forma de media esfera. En el hipogeo tebano del visir Rekhmire (TT nº 100) son blancos, en forma de media esfera achatada para las damas, y más altos, ligeramente ovoides, para los hombres. Bajo el reinado de Tutmosis IV (1401-1391), la tumba de Zoserkaresenb (TT nº 38) nos los muestra altos, con la cúspide apuntada y amarillenta, estilo que se generalizará durante el resto del Imperio Nuevo.
Algunos autores sostienen que los misteriosos conos fueron calabazas perforadas contenedoras de perfume; pudiera ser... Es posible que el color amarillento del modelo citado en último lugar, haya llevado a una mayoría a suponer que se trataba de bloques de cera amasados con esencias aromáticas que estuvieran destinados a derretirse impregnando todo el cuerpo del usuario. Esta hipótesis es discutible, si tenemos en cuenta el deterioro que ello produciría en las costosas pelucas, y el apelmazamiento forzoso de los lujosos vestidos que, además, siempre fueron reproducidos leves y vaporosos.
Cuando se mira con atención las diversas representaciones de este curioso tocado (aparentemente reservado para el ritual funerario) su aspecto no parece muy sólido, a veces, hasta parecen lacios, y el hecho de que las sirvientas los transportaran depositados sobre platos o copas hace pensar que destilaran algún tipo de líquido. Un óstracon, conservado en el Museo de Turín, recoge una curiosa escena de vertido de líquido sobre un cono, motivo pictórico que se repite en el banquete de la tumba de Rekhmire (ejecutado por la famosa sirvienta vestida de rosa representada de espaldas). Por todo ello, se descartan las teorías anteriores, ya que sin ninguna duda, el cono era permeable, lo que posibilitaba que el líquido derramado sobre él fuera perfume u otro sistema de aporte continuado de esta droga que, como se vio antes, pierde pronto sus efectos.
F. IX
Tumba de Rekhmire

Por lo expuesto, bien pudieron ser algo semejante al postizo de fibra vegetal que Carter encontró sobre el cráneo de Tutankhamon, cuyo aspecto comparó con el de una corona Atef (CARTER, 1976 201) , una posibilidad muy interesante ya que el cuero cabelludo, como las demás zonas vellosas del cuerpo, es una de las partes idóneas de la piel humana para la absorción de los alcaloides por la vía del contacto cutáneo.

 

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